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Pescando en San Pedro
 
  Tarariras en San Pedro  
 2013, Buenos Aires Argentina   Pesca con mosca . Moscas paso a paso.  
tarariras
Al principio solo yo pescaba con mosca convencido de que sacaríamos las tarariras que quisiéramos
Pesca de tarariras
Es bueno empezar la nota con un ejemplar de los que habíamos sacado. Juanja feliz


Pescar desde que uno tiene uso de razón implica una sensación de vulnerabilidad ante la pesca. Nunca pude disminuir mis deseos de pescar. Es quizás, junto a mi familia, la fuerza afectiva, moral y física más importante que contuve y me contuvo. Hoy, luego de tantos años, siento lo mismo que con aquellos porteñitos, que pescaba con mi padre y el mojarrero, en los escalones del Río de la Plata en el murallón de Bernal. Nunca sabré que fue lo más importante: Mi padre y su amor incondicional, el inmenso río y toda la grandeza con la que me hipnotizaba y envolvía, la magia de la boya temblando y desapareciendo en la oscuridad del agua o la sensación final de sentir al pez, luchador y misterioso, que trasmitía su vitalidad por el hilo de algodón hasta la caña. Todo era la vida y hoy, es igual.
Me fui a pescar con mis yernos. Yerno es una palabra que define el rol. Son los hombres que mis hijas eligieron, los padres de mis nietas. Se incorporaron a mi vida a través de lo que más quiero y por lo tanto todo lo que deseo hacia ellos es lo mejor. La cadena afectiva los ata a mi vida y sin quererlo son parte de ella. Si yo desee tener un hijo varón para llevarlo a pescar, hoy estos dos personajes, lo suplantan. Cada uno es el sol y la luna. Uno de ellos es apegado a sus cosas, le gusta hacerlas, se deslumbra con su futuro junto a ellas. Una boya que lo sorprende en una vidriera, no es un boya, es la jornada de pesca, el sol, el asado y el pescado ya fuera del agua. Para el otro. Con otras experiencias, la pesca se le muestra como la aventura, como algo que lo atrae extremadamente pero que aún no termina de rendirse a ella. Ambos están armando la infraestructura de sus vidas, casa, auto, hijos, escuela, familia y todas esas cosas que te quitan tiempo para pescar. Ambos, al fin coincidieron a venir conmigo. Entusiasmados.

Al fin en el copo. No siempre se tienen registros de la primer pieza con mosca..
Martín con su primer tararira con mosca. La caña exigida hasta último momento.

Llegamos a San Pedro. Pepe Rivas sería nuestro anfitrión y guía. Llegó a tarde a nuestro encuentro. Lo esperábamos por el río. El lugar no era el mejor. Un camping, cargado y sucio, un amanecer macilento y algo frío. Los camalotes apenas dejaban ver parte del canal que lo unía al río San Pedro. Al fin, desde el este, se vio el triángulo que forma la embarcación y su estela que nos venía a buscar. Se acababa la ansiedad. Embarcamos. La primer noticia es que el río había bajado y que los doradillos habían desaparecido. Los buscaríamos igual. El guía nos prometía una jornada de tarariras y un final del día con algún surubicito. Dudé de este final.
Ambos estrenarían caña, reel y línea. JuanJa ya había debutado con un doradito en el mismo lugar pero con un equipo mío, Martín no había tenido la oportunidad de usarlo, ni de despejar las fantasías de sus señuelos hechos y pintados a mano que solo tenían de pescadores la voluntad de su fabricante. Caña Rise Z 3907 de 9´ para línea 7 y reel Rise Master # 7/8 Large Arbour de aluminio, y una línea integrada de flote Platinun acorde al equipo. Los dos dudaban que la mosca fuera una forma de pescar efectiva. Tenían armados sus equipos de spinning con el cual pensaban dar su batalla. No insistí para que cambiaran nada. Contrario a mi pensamiento el guía tomó rumbo al Paraná y lo bajo en todo su recorrido hasta el mediodía. Las cañas hacían su trabajo, parejo e insistentes donde Pepe lo indicaba. El resultado era nulo.

Martin muestra la captura lograda con uno de sus señuelos caseros nunca antes probado.,
Ambos felices por su primer tararira con mosca. Luego habrá otras pero esa, seguro, no la olvida.

A la una de la tarde, el sol aclaraba el marrón del río y mostraba brillante el paso de un gran carguero por el canal. Pasamos las ondas peligrosas que desplazan con su peso, casi parando el motor, y apenas a unos quinientos metros al este, vemos que nuestra embarcación, una trucker de siete metros encalla. Pepe se baja de un salto y la arrastra unos metros hasta que recobra la profundidad suficiente para seguir navegando. Estábamos en una depresión pegada al canal de navegación o una hora de marcha directa del puerto de San Pedro, río Abajo. Con mínima velocidad avanzábamos por el medio de la laguna. Se notaban, pegado a los camalotes que le daban su perímetro, manchas de barros que se formaban en la superficie. Como gotas de tinta café con leche que caían invertidas al agua desplazando su densidad y color. Formaban nubes chatas en el agua. La laguna tendría unos mil metros y se afinaba hasta desaparecer hacia el norte. La columna de camalotes que la marcaba no era demasiada ancha. No dejaba ver la playa de arena que los detenía. Supe que cada fracaso en el camino hacia ese lugar había sido la preparación para que este lugar fuera agradecido por nosotros.
Arrimamos casi con el impulso hacia los camalotes.Juanja y Martín se dieron cuenta que esas manchas era movimientos de tarariras. Los señuelos comenzaron a dar sus frutos. La alegría y la ansiedad pasaron a dominarnos. Creo que Juanja quiso probar a bajarse de la lancha, enterrándose a cada paso que buscaba la costa, hasta que desistió y pudimos embarcarlo nuevamente. Al principio mis moscas no eran tomadas y ya comenzaban a mirarme porque no decidía cambiar de equipo, confirmando sus sospechas que lo que ellos pensaban en cuanto al spinning era lo más seguro y efectivo. Por supuesto comencé a tener piques y también a perderlas. No tenía tracción en mi caña cinco para clavarlas tan cerca. No había palanca ni ángulo. Las traía despacio y en algún momento del recorrido, clavaba enérgicamente, logrando subir una o dos. Me había dado cuenta que perdería muchas y cambiaba mis moscas para ver si encontraba alguna que me diera mas oportunidades. Mientras tanto, Martín, probaba con éxitos sus señuelos, o los probaba sin éxito. Feliz de sentirse premiado por la oportunidad de darse cuenta cual servía y cual no.


Juanja con otras de las piezas que capturó ese día extraordinario de pesca

Estas jornadas son de las que se cuentan entre cientos de fracasos y salidas fallidas
Juan al fin se vino a la mosca y sacó unas cuantas. Martín, obcecado por su glotonería de pescador no armaba su caña de mosca. Creo que la armé yo. No para que el pescara sino para mejorar mi performance que seguía siendo pobre de fuerza y palanca. Y me fue bien. Cambiamos de lugar dos o tres veces. Unas porque queríamos y otras porque enganchábamos en los camalotes y debíamos movernos para recuperar las moscas o los señuelos. Ninguno de los dos sugirió que dejáramos alguna arriba del bote. En esa actividad maravillosa de lanzamiento y capturas estábamos cuando, ante mi deseo de descansar, deje la caña de mosca, Martín la tomó. Creo que se convenció que se podía o siempre lo supo y quiso primero satisfacer sus ganas. Allí estaba, casteando con una mosca de flote, luchando con su técnica y con esquivas tarariras que probaban su eficiencia. Mientras tanto de entre sus señuelos tome un sputer de su caja, como de diez centímetros de largo, y saqué, para alegría mía y de él especialmente, la tararira mas grande de ese día. Casi en el mismo momento el tiene un pique en su mosca y la trae, bien clavada. Lo nuestro fue desinterés o rutina pero no le dimos importancia a su logro y noté su ansiedad y tensión por poner la tararira en el copo que no le alcanzábamos. Cuando al fin lo hizo, me di cuenta, quizás, todos nos dimos cuenta, que esa era su primer pieza con mosca. Pieza inolvidable para cada pescador que se inicia en esta modalidad. Tuvimos una jornada inolvidable. A pesar de haber pescado la zona muchas veces nunca imaginé una laguna con tantas tarariras como vi esa vez. Las manchas en el barro, cuando se desplazaban, eran un espectáculo único. Lo más impactante era que a pasos de donde estábamos veíamos pasar los barcos de gran calado  mientras los peces se desplazaban moviendo el fondo de barro. Pintado en cada movimiento una imagen de arte efímero que quizás nunca volviéramos a ver en esa cantidad. La naturaleza ofrece esos regalos  a quienes la amamos. Ojala sientan lo mismo que yo.
Antes de emprender el regreso Pepe lanza su tarraya en busca de carnada. La que busca la llama “Kapelus”. Es una mojarra maciza y blanca. La cosecha es escasa pero consigue algunas. Terminada esta gestión que no dura media hora, comenzamos a volver. Luego de unos minutos de marcha Pepe, para su bote en una lugar del río, a la vera derecha volviendo del sur, en un sitio donde vemos una casa en la orilla y  unos tramperos que se columpiaban con el viento. Arma una línea de fondo con plomo corredizo alargado de 20 0 30 gramos y nos sugiere lo mismo. Lo imitamos con plomos esféricos. La línea hecha por el, una vez encarnada, se la facilita a Juan y este comienza pescar con ello. Como resultado le dio cuatro surubicitos y nosotros apenas tuvimos pique. Llego la hora de irse y ya nada podíamos hacer. Indudablemente la forma del plomo había influido para que Juan fuera nuestro mejor representante como pescador de variada. Llegamos con luz y plenos de una preciosa salida de pesca, reconociendo que lo que Pepe había prometido, tararíra durante el día y surubíes al finalizarlo se había cumplido en su totalidad. Los dorados, bien gracias.
Con la línea que le prestó el guía logró cuatro cachorritos parecidos.
Nada de esto hubiese sido posible sin haber tomado los servicios de Pepe Rivas.Guia de San Pedro:0339-15531443
   
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