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Pesca con mosca
 
  San Pedro Relevamiento del 03 de noviembre de 2012  
 2013, Buenos Aires Argentina   Pesca con mosca . Moscas paso a paso.  
Nótese la claridad del agua de la laguna decantando hacia el arroyo principal
Martín con pique exactamente en la caída de agua de la laguna

Ya habíamos anulado esta salida, a pescar tarariras y Dorados en San Pedro, al menos, un par de veces. La última, la levantamos a la madrugada, antes de salir. Arreciaba la lluvia y la ansiedad. Ganó la lluvia. Nos hizo retroceder y anular la excursión. Resignación  y bronca.
La decisión no fue la mejor. A media mañana paró de llover en San Pedro. Aquellos que salieron a pescar tuvieron todos los lugares de pesca para ellos solos, y lo piques fueron constantes. Claro, de eso nos enteramos el día después. Hubiese sido fácil tomar la decisión de soportar toda la ruta con lluvia, si hubiéramos sabido que esa situación iba a cambiar. No fue así, y nos quedamos. Pescador cobarde no logra resucitar un buen día de pesca.
San Pedro es una hermosa ciudad en la vera oeste del Río Paraná cargada de clubes náuticos sobre una costanera hermosa y cuidada. Está de moda para nosotros los de Buenos Aires. Estamos a menos de tres horas de marcha, y se pueden pescar doraditos de hasta cuatro kilos. Algunos dicen que hay más grandes y que sacan en cantidad. En mi caso personal, y en el de la mayoría de mis amigos, nunca hemos vuelto sin pescar pero no experimentamos esa abundancia de piques de la que hablan. Transitamos la Autovía Nº 9 -Panamericana- hacia el norte hasta el Km. 160 e ingresamos a San Pedro por un camino vecinal. Esta vez salimos del Club Náutico de San Pedro. Nos esperaba nuestro guía Pepe Rivas. Nos llevaría a un par de desembocaduras de arroyos y salidas de desagües pluviales Paraná abajo. Nos metimos hacia el este por canales artificiales abandonados por la producción y riachos naturales que recorren la zona. Buscábamos tranquilidad para pescar donde no nos pudieran molestar la cantidad de pescadores que llegan los fines de semana. La idea era llegar más temprano para hacer  el viaje de un tirón al lugar elegido. Desandarlos nos llevó casi dos horas y cuando llegamos, el lugar ya estaba ocupado por otro guía y sus clientes. Marchamos más adelante y encontramos un arroyo que desaguaba a un estero inmenso.

Julio tiene el primer pique en la salida del arroyo. Este doradito nos entusiasmo a todos
Un doradito había sido cobrado por Julio desde la embarcación casteando hacia la salida de agua negra.

El lugar no presentaba un árbol. Arbustos pequeños, que soportan el sol implacable y las inundaciones periódicas, desafían a la dura realidad de la naturaleza en las Lechiguanas. El arroyo tenía, en una de las veras de ese desaguadero natural de la depresión que formaba la laguna, una casa de chapa, que nos mostraba la resignación de quien se atreve a desafiar  esas condiciones para vivir. El hombre es impredecible en lo que puede soportar cuando acepta la realidad que el paisaje  le exige. Un perro desaliñado y ladrador nos hizo pescar del otro lado hasta que Pepe supo que el perro solo era parte del todo y se animó a que nosotros pudiéramos, sin riesgo, pescar también de ese lado.
La boca de ese arroyo prometía. Desaguaba agua oscura provocando, con débil corriente, una franja que se metía en el canal principal, más sedimentado y opaco. La ondulación que esto provocaba en la corriente principal, no evitaba distinguir el choque de aguas y su posterior derivación, hasta que se perdía. El arroyo tendría trescientos metros antes de iniciarse en la laguna, a la que ya le quedaba poca agua. Se veían, tratando de encontrar la profundidad salvadora, algunos sábalos mostrando sus aletas. A pesar de las extraordinarias condiciones que presentaban el lugar y lo estimulante del luminoso día, no veíamos doraditos cazando. Dividimos el grupo, Julio se quedó en la embarcación, encarando el agua oscura saliendo casi afuera de la desembocadura, y los demás nos bajamos para arrojar nuestras moscas a lo largo del arroyo. No hubo piques inmediatos. A la hora Julio clava el primero. Cuando nos acercamos para ver esa soñada escena del dorado atrapado saltando y presentando lucha, nos dice: que antes de este, había tenido varios piques fracasados. Observamos su fina faena para capturarlo y luego de su devolución, volvimos, con mucho más entusiasmo, a tratar de que se repita la escena en nuestras cañas.

Juanja, eligió el arroyo para probar y logró, disfrutando desde la costa, un hermoso pique.
Con una mosca en anzuelo cirdular atada con cabeza negra, ojos de bronce y cuerpo naranja con brillos.

El segundo, algo más grandecito, le toma la mosca a Juanja en el arroyo mismo. La barranca le impide trabajar con facilidad pero se dio maña para poder subirlo. Lo logra con una mosca de Craft Fur de cuerpo naranja, con brillos y cabeza negra con ojos de bronce. Logró dos o tres doraditos más durante el día con la sola variedad de tres moscas que le ofrecí cuando llegamos. Nunca las devolvió porque fueron perdidas o desalineadas por los fuertes piques que consiguió. La pesca se mostraba escasa  y divertida. Los períodos de tiempo, entre piques, se dieron con los  espacios justos como para mantenernos atentos y con ganas de poner las moscas en el agua.
Mi primer pique aparece al mediodía en la salida del agua oscura, cuando ya había cambiado no menos de media docena de moscas. El doradito, algo más grande que los que habían salido hasta esa hora, toma con una línea de fondo en una mosca articulada. Había cambiado mi línea de flote porque hasta ese momento no había logrado ningún pique. Había decidido, después de tanto cambio de moscas, probar con una línea de fondo trayendo sobre el agua negra que  se abría en la boca. Lo hacía con tirones suaves y lentos. En este caso funcionó mi lance como no  habían funcionado en todos los cambios anteriores. Use línea de flote, sinking Tip y esta de hundimiento, cambié de moscas chicas a grandes, de livianas a pesadas y al fin, logre el placentero objetivo de un pique fenomenal. La mosca de cabeza violeta y cuerpo articulado verde flúo había sido la última en atar antes de esta excursión. Cuando le ofrecí las moscas a mi yerno, le di las que yo creía que eran las mejores. Esta me la guardé, porque, como siempre sucede, le tenía confianza desde la morza.

Juanja, con su c....alidad de siempre, levantó otro doradito casteando desde la lancha..
Fijense como el anzuelo Owner (CC)5114-141 atravesó la mandíbula, superior de este doradito, sin problemas

Hasta las tres de la tarde todos habíamos sacado algún dorado menos Martín, que nunca había logrado sacar uno con mosca. Nos movimos unos doscientos metros al norte donde la laguna desaguaba con aguas transparentes que permitía ver, con los lentes apropiados, la entrada y la salida de los peces. Este paso de agua no llegaba a medir cinco metros de ancho. Allí cruzando la mosca por la salida de agua obtuvimos varios piques, casi a pez visto y Martín, logró clavar su primer dorado. Estaba pleno y feliz. Ese lugar mágico y efímero - quizás nunca lo volvamos a ver - porque depende de crecientes que cubran el campo y luego, forme en  la bajante, una caída de agua, limpia y transparente, por haber asentado su sedimentos mientras permaneció detenida. Descubrir esas caídas, es estar en el lugar ideal para lograr los piques de los predadores, que están esperando a los forrajeros que deben salir. Se está yendo el agua grande que los cobijó.
Había que emprender el regreso porque estábamos muy lejos del puerto de San Pedro y aún queríamos hacerle unos tiros a las tarariras. Luego de una corta navegación regresando, nos detuvimos en una entrada de agua, cubierta por camalotes. Nos descubría un accidente parecido al anterior con mínima profundidad en el canal de salida. Paramos la embarcación y nos bajamos con algo de desconfianza por que el agua salía bastante rápido hasta los camalotes que la unían al riacho madre. Desconfianza que se perdió, con el primer poper que tocó el agua. Levante y tendido sobraba para las distancias que nos separaban de las tarariras. En minutos, sacamos y devolvimos, unas cuantas. Pescar tarariras de flote es muy divertido, se tiran y le erran, caen la mosca al agua y la toman casi en el aire. No se van, cuando ataca y no toma la mosca, parece que se queda a esperar que las vuelvas a tentar. Fue una suerte no haber estado allí desde la mañana porque la actividad era tan intensa que nos hubiéramos entusiasmado como chicos y nos hubiésemos olvidado de los dorados que habíamos ido a buscar.

Martín haciendo su trabajo con el dorado en un desagüe de la laguna..
Martín posa con su dorado después de buscarlo casi todo el día. Objetivo cumplida.

Conclusión. Como siempre San Pedro se muestra generoso con nosotros los pescadores de mosca. Tanto las tarariras como los doraditos están acechando nuestras moscas si sabemos dónde dirigirnos. Pescamos bastante lejos. Con una embarcación de más de siete metros impulsada por un motor Yamaha de cuarenta caballos de fuerza tardamos algo menos de dos horas en llegar. Luego la pesca fue como siempre que yo he ido, más o menos tres o cuatro dorados por caña sumado a los piques fracasados y a los doraditos que con sus saltos y acrobacias nos dejaban, impotentes, mirando al vacío buscando resignación. En los casos de Julio y mío en particular, casi todas nuestras piezas tomaron en moscas articuladas, negras y naranjas, negras y verdes. Para nosotros esta pesca es suficiente. Navegación por él río, ser parte de situaciones en la naturaleza que se repiten desde siglos, piques negados, capturas fracasadas, doraditos que se muestran alimentando nuestra confianza a las moscas que atamos, compartir el sol y el paisaje con una generación mucho más joven y dejar algo de todo lo vivido, nos hace felices. Pedir más pasaría por una angurria que no nos permitiría gozar del pique del primer dorado de Martín, o de la “suerte” de Juanja, o del oficio de Julio, o de la dureza del sol, o la alegría sin límites de los momentos que te hace vivir la pesca íntimamente. Sin importar quienes te acompañan o en donde estás, hay un momento en que participas con todo y sos una parte más de lo que te rodea. No te comparás, no te criticás, solo sos en este gran escenario que te ofrece la pesca con mosca.

Al final. una fiesta de tarariras atacando, errando y tomando todas nuestras moscas.
Fin de la jornada, a toda orquesta, con las tarariras. No eran grandes pero si muchas y agresivas.
   
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